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Prompts: las recetas de cocina de la IA. ¿A quién le pertenecen?

Midjourney, uno de los modelos generativos más avanzados | Pexels

En el último año he estado cacharreando con todas las herramientas generativas de IA que me encontraba. Las de imagen y, sobre todo, el ChatGPT han sido compañeros de este enorme viaje que acaba de comenzar. Le auguro un futuro prometedor y, por los resultados obtenidos hasta la fecha, muy ambicioso. Tanto que asusta la velocidad con la que avanza. Una de las ideas que más me ha inquietado ha sido la vinculación de estos servicios con la protección de datos y la propiedad intelectual, y el encaje que hay que articular a partir de ahora a medida que se van incorporando al mundo laboral.

El punto de partida ha sido, principalmente, la propiedad del contenido generado artificialmente. Pensemos: ¿a quién pertenecen estas imágenes? ¿Es del inductor o del generador? No es lo mismo. Y tirando de amistades para comprenderlo mejor, Borja Adsuara, abogado experto en derecho digital (que de esto sabe mucho) me ha explicado con buen detalle el asunto. Él hace una importante distinción: “No es lo mismo el procesamiento de texto que el procesamiento de imagen”. Bien, parece lógico por otra parte, pero ante la pregunta de a quién le pertenece, asegura: “Depende”. 

La respuesta puede dejar a cuadros a más de uno, pero hay una explicación. Borja, con ese característico verbo que le acompaña siempre en sus discursos, me comenta que hay que entender los dos momentos en los que se produce la generación de contenido. Por un lado, hay que entender que estas máquinas se alimentan de imágenes para su “entrenamiento”. Es lo que llama “la base de obras”. O, más bien, repositorios entendiendo que no estamos ante una ‘base de datos’ porque las obras no son unos meros datos. Partiendo de ahí, podemos comprender que esas imágenes tienen una propiedad. 

En general, entre los términos y condiciones de estas herramientas se recoge la terminología de obras derivadas, es decir, una obra intelectual creada a partir de una u otras ya existentes incluyendo aspectos que pueden estar sujetos a derechos de autor. Lo considera Borja “un error” porque, para entendernos, es tomar una obra preexistente y modificarla. “Con ello se obtiene una nueva obra con un autor, sobre la cual también tiene derechos de autor de la obra inicial o preexistente”, me subraya. 

“No son obras derivadas, y por tanto, no es una modificación de obras preexistentes”

Borja Adsuara, abogado experto en derecho digital

A este cambalache de derechos de autor hay que añadir el tema de los “prompts”, es decir, las instrucciones con las que se generan estas imágenes. “Lo que hacen es buscar parámetros, aprender y crear obras nuevas sin que se modifiquen necesariamente las ilustraciones anteriores”, me comenta. Y añade: “No son obras derivadas, y por tanto, no es una modificación de obras preexistentes”. Por ello, un posible plagio de una imagen generada artificialmente implica, sin duda, que se puedan reconocer las imágenes preexistentes.

Pero también está el derecho de caricaturizar y la libertad de expresión cuando, por ejemplo, se le pide a la máquina que sustituya la cara del protagonista de “El Grito” del pintor noruego Eduard Munch por la de un pitufo. Borja me lo explica: “Si se puede reconocer tu obra y hay una modificación, hay que ver si es una modificación que no afecta al uso de tu obra, como un meme, prevalece la libertad de expresión, pero si hay una explotación económica puede ser demandado”.

En fin, muchos detalles que inquietan. Lo que está claro es que los autores de una obra tienen derechos a autorizar o no que su obra se utilice para “entrenar” una IA. A eso sí puede negarse un creador. 

Y en el caso de los “prompts” y las dudas que me generaban (¿tienen autoría? ¿Le pertenecen a alguien? ¿Los puedes copiar y pegar sin escrúpulos?) pues tiene otra interpretación: “No puede estar protegido por propiedad intelectual porque no es una obra”. Otra cosa, dice, es que pueda ser tan original y específico que el usuario que primero lo construyó luego te reclame. Pero, en su caso, creo que entraría dentro de la protección del ‘know-how‘ y, si se quiere, se debería “proteger como un secreto comercial”. Sería, pues, como una receta de cocina. Existen y las mismas ideas se repiten en muchos libros de cocina.


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