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La IA y el riesgo de “envenenar” internet

Dos siglas son las que están llevando al mundo en su plano global a uno de los mayores miedos que se recuerdan, la descomposición de la figura humana dentro de su propio ecosistema. Esas siglas son la IA, la inteligencia artificial. Una tecnología en constante evolución que, después de décadas de sentar sus bases, ha comenzado a mostrar el brillo de sus garras. Ahora mismo estamos viendo tan solo la punta de un iceberg en movimiento que puede arrastrarnos a todos en los próximos años a un escenario incalculable. 

De izquierda a derecha, Jorge Carrión, Clara Ruipérez, Delia Rodríguez y Roger Casas-Alatriste | Fundación Telefonica
De izquierda a derecha, Jorge Carrión, Clara Ruipérez, Delia Rodríguez y Roger Casas-Alatriste | Foto: Irene Medina

Estamos en un juego cuyas reglas todavía no se han definido. Es fácil caer en la dicotomía de apocalípticos o integrados. La IA va a traer, al menos así lo creo, una serie de oportunidades y mejoras en los medios de producción y en la manera de relacionarnos con otro fenómeno revolucionario, internet. Crear por crear, generar por generar. La IA generativa, que ha roto las barreras de lo estrictamente técnico, ha demostrado sus dotes para democratizarse desde la llegada de ChatGPT

Debía tan solo ser simpática y aprender a hablar como los seres humanos. Esto está consiguiendo. Pero, para muchos expertos, ese poder divino de publicar contenido a través de herramientas generativas corre el riesgo de “envenenar” internet. Esa idea nos trasladó Delia Rodríguez, periodista y autora especializada en la relación entre la tecnología, los medios y la sociedad, durante una interesante mesa redonda organizada por Fundación Telefónica y moderada por Roger Casas-Alatriste, fundador de El Cañonazo Transmedia.


El planteamiento no es banal. Pensemos en el funcionamiento de las herramientas de IA generativa. Es pura estadística. Matemática en su plena expansión. A partir de una palabra introducida intenta predecir la siguiente. Y así continúa elaborando información que se nutre de lo que encuentra por internet (o le damos permiso) hasta devolver, por ejemplo, texto estructurado. 

Entrenar a las máquinas con bases de datos erróneas

Ése es su premio. El hueso que se le entrega a la máquina por hacer lo que le pedimos, aunque sea erróneo. Porque, hasta ahora, y sospecho que durante mucho tiempo, los contenidos de texto que genera son perfectos en su aspecto gramatical, pero carentes de sentido en algunas de sus ideas. El miedo es, en estos momentos, si estamos ante el comienzo de un torrente de contenidos basura que, a su vez, van a “entrenar” a estas herramientas en los próximos años. ¿Se desvirtuaría toda idea de credibilidad? ¿Estamos ante el mayor mazazo a la historia de la civilización? ¿A un borrado de nuestras propias consciencias?

En ocasiones imagino la posibilidad de que estemos “entrenando” a estas máquinas a partir de bases de datos erróneas de manera deliberada. Esto nos conduciría a cercenar la manera en la que nos conocemos a nosotros mismos; y nos relacionamos. Porque la historia, aunque la escriben siempre desde el banquillo vencedor, está ahí para recordarla, comprenderla y analizarla. Y eso va a afectar (ya lo está haciendo) al periodismo digital. “En este momento de volumen puede cambiar el negocio y el trabajo del periodista. Por primera vez, Google está planteándose el futuro de su buscador”, apuntó. Y mostró su preocupación sobre la posible pérdida de calidad y autenticidad frente al volumen abrumador de contenido generado de manera sintética.

El ser humano, ¿superior en labores de escritura?

En esa disyuntiva, otro experto en la materia como Jorge Carrión, escritor y crítico cultural de “La Vanguardia”, hizo un alto en el camino y, por primera vez, dijo, se sentía un “damnificado de la IA” al recordar su salida de la edición en español de “The New York Times”: el diario norteamericano sustituyó a la plantilla local por traducciones de los artículos originales publicados en inglés a través de sistemas automáticos. Esto no es un fenómeno nuevo; recientemente, la edición de “Gizmodo” en español también hizo lo propio. ¿Acabará salpicando a otros grupos editoriales esta manera de entender el negocio? El tiempo dirá. Lo cierto es que, por el momento, en “pura escritura somos superiores todavía”, argumentó Carrión. “En el proceso creativo tenemos mucho recorrido, sobre todo, en el diseño y conceptualización de los proyectos, en el bricolaje de un artículo”, explicó. 

La irrupción de la IA generativa está siendo apabullante. Cada día surgen nuevas y más interesantes herramientas que nos prometen que nuestra vida va a cambiar (a mejor, claro). La “curación” de estos servicios que, en muchos casos, son aspiradoras sin escrúpulos de datos personales e información sensible, va a ser, en mi opinión, el flotador para que no nos hundamos ante esta imparable revolución.

Aspecto jurídico como telón de fondo

Los ponentes profundizaron en las implicaciones sociales, económicas y, por supuesto, legales, lo que plantea una serie de preocupaciones sobre la propiedad intelectual y los derechos de los creadores. Estos problemas, además, son complejos, ya que sus soluciones podrían no estar en un único plano local, sino que entroncan con la naturaleza de la propia IA, superando así los esfuerzos regulatorios que se están planteando desde territorios como la Unión Europea. 

“Nos estamos encontrando en un panorama en el que hay muchas reclamaciones”, recordó Clara Ruipérez de Azcárate, directora de estrategia jurídica de contenidos, marca, patentes y transformación de Telefónica. Esta experta diferenció estas problemáticas jurídicas en dos ejes. El primero, el relativo al “input”, es decir, la entrada y la manera de “entrenar” a las máquinas. Y, luego, los “outputs”, cuando se genera el activo, que puede ser en forma de texto, imagen, vídeo o audio. Esos activos, reflexionó, ¿deben estar protegidos por propiedad intelectual? Y en caso de determinar si se protegen, ¿a quién le corresponde? ¿De la persona que ha generado el “prompt”?¿De la persona que “entrenó” la máquina? ¿De la empresa propietaria? Y otro asunto pendiente: ¿realmente todo lo que hay en internet es libre? ¿Hay que pedir una compensación? La carrera no ha hecho más que comenzar. 

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